miscelánea

Nirvana negativo

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Hay un momento en el que el aluvión de malas noticias, de agresiones y violencia procedentes del mundo sensible es tal, que queda íntimamente grabado en el interior de una persona y, en lugar de causar ansiedad o desesperación, se genera un estupor que es muy similar a la serenidad. Es el momento en el que arquear las cejas es la máxima expresión de desaprobación. Y es, justo en esas situaciones, probablemente transitorias pero siempre correosas, cuando se vuelve la mirada al Laocoonte.

De atribución discutida, pero probablemente procedente de los siglos II o I a.C. , fue descubierto el 14 de enero de 1506 por un campesino en un viñedo colindante con Santa María la Mayor, en Roma. Giuliano da Sangallo y Miguel Ángel acudieron prestos, identificándola como aquella obra perdida que mencionaba Plinio el Viejo en su Historia Natural. En estos años de excavaciones y recuperación de un fascinante mundo perdido, es fácil imaginar el asombro y excitación con el que los romanos recibieron ese grupo de torsos, brazos, y pedazos de serpiente, enterrados entre parras durante más de mil años. Tal fue su emoción, que Julio II, seis meses más tarde, hizo desfilar el conjunto escultórico por la ciudad, mientras la multitud lanzaba pétalos de flor a los pies de la comitiva.

Varias interpretaciones sobre su origen iconográfico existen, del mismo modo que conviven diversas teorías del conjunto escultórico en sí, las más conocidas de las cuales son las de Winckelmann, Goethe y Lessing. Siempre hemos recordado la del primero, canónica del Neoclásico, porque nos resulta muy útil en el momento de afrontar la adversidad con calma:  “al igual que las profundidades del mar permanecen siempre tranquilas por mucho que ruja y se agite la superficie, del mismo modo, en las figuras de los griegos la expresión, sean cuales fueran las pasiones que representa, revela un alma grande y serena”.

El Laocoonte es tan físico y corpóreo que el carácter ilusorio de su historia queda completamente olvidado. Ni la teoría, ni la composición del grupo, ni la investigación iconográfica, ni las diversas interpretaciones de la mitología o del texto de Virgilio son un obstáculo. Nada se interpone entre el espectador y la agonía de cuerpo y alma de este padre que, no sólo asume que va a morir él, sino que va a ver morir a sus hijos frente a sí. Es una de las imágenes más magnéticas de los Museos Vaticanos, y la clave está en su rostro.

Laocoon_group_closeup

Captado el  Laocoonte justo en el instante de ser mordido por una serpiente, y arqueando el cuerpo en dirección a la derecha por el espasmo, su cara es cualquier cosa menos un aullido de dolor, o un grito agónico.  Esta cara siempre atrae nuestra mirada, representa a la perfección una mezcla de resistencia a mostrar la derrota y de resignación ante lo evidente, pero se mantiene serena.

Pues bien, hoy, azarosamente, nos hemos encontrado con un poema que inmediatamente ha traído dicho rostro a nuestra memoria, “I do not speak” de Stevie Smith.

Stevie Smith es una poetisa de estilo simple, nada ornamental y a veces humorístico. Que sus textos parezcan ligeros no quiere decir, en absoluto, que lo sean. De entre los poemas que hemos leído de ella, sobresale este, que hoy, y durante las siguientes horas, no asociaremos al Laocoonte, sino a aquello en lo que pensamos cuando pensamos en el Laocoonte: la serenidad en negativo. Que no el estoicismo ni la resistencia.

“i do not speak”

I do not ask for mercy for understanding for peace
And in these heavy days I do not ask for release
I do not ask that suffering shall cease.

I do not pray to God to let me die
To give an ear attentive to my cry
To pause in his marching and not hurry by.

I do not ask for anything I do not speak
I do not question and I do not seek
I used to in the day when I was weak.

Now I am strong and lapped in sorrow
As in a coat of magic mail and borrow
From Time today and care not for tomorrow.

Stevie Smith
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One thought on “Nirvana negativo

  1. Muy buena entrada.

    Está bien cómo explicas la idea del nirvana negativo, como algo lúcido que no tiene que ver con estar noqueado.

    Hay algo parecido. Un momento en el que la tristeza extrema se vuelve exquisita y cristalina. Nunca hubiera pensado en relacionarlo con la escultura griega.

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