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Los más internos límites de la pura diversión

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Hace ya unos años intenté hacer un artículo sobre las películas de George Greenough para Chilena Comando cuyo eje sería una entrevista con él; la sospecha de que es una de las personas con la conversación más interesante del mundo era demasiado fuerte. Como debería haber previsto, llegar a él por los medios de comunicación modernos fue un fracaso. En su austera página sólo hay dos vías de contacto: su dirección de correo ordinario, y el email del tío que le hace la página, su amigo y compañero de batallas Harold Ward. La evidente opción moderna fue la elegida, y su colega Harold respondió con estas líneas que copio literalmente –omito el número real:

“If you call him and leave a clear message about who you are and what you want. He will decide if he will call you back. +61-2-23-678-090

Good luck.”

En aquel momento resultó evidente que se trataba de una persona que quería estar tranquila y que no le incordiaran, por lo que dejé pasar todo este asunto en un acto de respeto. Sin embargo, dos años después sigue picando el prurito, y quizá habría que pensar en juntar unas cuantas preguntas, escribirlas a mano, y enviarlas en un sobre al apartado postal que dicha página indica sin esperar demasiado. Con cero expectativas, todo el resto es ganancia. Al fin y al cabo, que una brecha digital nos detraiga de contactar a una persona de este tipo, parece un planteamiento erróneo.

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Surf’s down?

Están mal vistos los surferos, a casi todo el mundo le caen mal, aunque en realidad eso pasa con casi cualquier grupete juvenil; la juventud se cae mal en general. No obstante, mientras todo el mundo estaba colgando por las redes los 10 discos más influyentes en su vida en un acto de deliberada selección a posteriori, por la cabeza rondaba la idea de lo absurda que es la influencia vital de una serie de discos, y se activó la memoria. Volvió la vivaraz foto de un salón de una casa en Coruña con un grupo de surferos y skaters del noroeste español sucios, jarcoretas, que enredaban con cosas que hacen cosquillas en los lóbulos frontales, viajaban en furgoneta de skatepark en skatepark, ola en ola, siempre dormían en sofás de colegas y en general se comportaban como gitanos y no parecían trabajar nunca, cimentando su vida en la diversión. La impresión de ese salón y lo que se observó esa tarde fue imborrable. Ya habían vuelto a la mente antes, cuando leímos sobre los dirtbags de Yosemite, y es que los elementos definitorios son transversales a este tipo de pandas.

Stone-Masters

Frente al tópico del surfista ganador, cachitas, rubio y atontado que Hollywood y la cultura pop alimentaron, y que copiosos frutos ha seguido dando a lo largo de numerosas costas y urbanizaciones de interior, en el surf hay un amplio margen para los sujetos autónomos. Como en cualquier otro sitio, vaya.  En todos lados hay un espacio abierto para los petaos operativos, los idiotas savantes, pero esta clase de actividades al aire libre, que tienden a cierta elevación espiritual mediante la salida del espacio-tiempo gracias a la concentración en la práctica, suelen propiciar la aparición de estos personajes de espíritu libertario.

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Epifanía

Un verano, aburridísimo en casa de mi padre en San Blas, esperando con las persianas bajadas a que el calor en la calle dejara de ser infernal para bajar a patinar, me copié una película en VHS que cogí en el Blockbuster por la portada y que hoy sigue siendo de mis favoritas, aunque no sea realmente una película si no más bien un documental, The innermost limits of pure fun (1969). En aquella portada buscaba todo lo contrario que veía si asomaba a la ventana en el pegajoso además de tropicalmente estático y carente de eventos verano de San Blas. Se veía el viento que genera las olas, frescor, movimiento. Transmitía una sensación contraria a la pesadez de esperar que cayera la tarde para que el cemento se hiciera patinable y pudiéramos sacar algo en claro de las vacaciones. No todos los veranos son tan idílicos, eso llega luego, con la edad, la construcción del mito y la selección de la memoria.

Rodada en el mágico y aparentemente infinito año de 1969, la película ofreció con su visionado mucho más de lo que se esperaba de su portada. Las claves del idilio allí se acumulaban manifestadas a través del surf.  La movilidad, la naturaleza –arena, agua, sol, cielo-, la música, la autonomía espiritual y económica, la búsqueda, la creatividad. Hay muchas otras películas de surf, pero ninguna ha causado la misma impresión que las que hizo Greenough. Sin saber nada de su director, ni del surf ya entonces podía sentir que ese outsider rubio que salía en la peli era un tipo a tener en cuenta. La falta de narración facilitaba la posibilidad de desconectar de la atención argumental que exigen las peliculas, permitiendo entrar en un limbo azul turquesa que el aturdimiento del verano acentuaba. Pese a ser una película de surf esta no tenía el tempo enérgico y estamínico de las demás, discurriendo más bien como un plácido recorrido por las andanzas de una persona que parece no depender de los imperativos económicos exteriores gestionando él mismo su manera de relacionarse con la naturaleza, a través de la total inmersión. Un zambullido en sintonía con otras propuestas ecologistas y naturistas de la época pero al que se añade un matiz técnico y resolutivo que lo hace mucho más despierto, no es para nada una empanada mental Zen. Ni rastro hay, además, de la habitual procesión de patrocinadores de una película de surf al uso.

No se trataba sólo de que la película tuviera marcados adelantos técnicos, sino que el protagonista era un pionero en uno de los más lábiles territorios posibles por su proximidad con la costa y con otros lugares de tránsito acuático, como es el spot de surf, la manera de entenderlo y acceder a él. Hay algo en ella que, por sencillo, es místico y elusivo.

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Sus tablas se las construía él mismo experimentando con nuevos materiales que pedía directamente al fabricante, y de la unión de su deseo de surfear partes de la ola todavía no conquistadas y la observación de la naturaleza surgió un nuevo tipo de quilla inspirada en las aletas del atún. Esta pieza cambió completamente la maniobrabilidad en el agua, y dio pie a una revolución en la manera de manejarse por la ola. Como además tenía la necesidad de compartir qué se sentía dentro del tubo, George ideó una carcasa resistente al agua y un método de arnés para carcasa que le permitió surfear una ola filmando su interior, por primera vez desde el punto de vista de un surfista, ¿La primera Go Pro?. El resultado de esto fue uno de los contraluces acuosos más bonitos, hipnóticos y tendentes a infinito que hayamos visto. Complementado esto con la música del grupo Farm, el resultado es una de esas obras en las que confluyen muchas cosas que dan gustirrico, y que activan el resorte emocional que caracteriza a los clásicos marginales.

No obstante todo lo dicho, esta película no tiene entrada en wikipedia ni en imdb, y las únicas referencias que hay son los comentarios de usuarios en Amazon, casi todos con cinco estrellas.

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El viajero de cristal

En esta producción australiana de 1973, es dirigida por David Efilk, el director que en su película Morning of the Earth (1971) ya había planteado un mundo idílico en el que los surfistas vivían en armonía con el mar  y escuchaban un tremendo musicón en la playa -la banda sonora es formidable. En esta ocasión Greenough escribe, narra y filma su segunda película, que gira en torno al mito fundamental surfero: encontrar olas vírgenes, sin gente, meterse el tremendo flote a solas con Gea. Este objetivo le lleva a la construcción de un objeto aún más complejo que sus carcasas para cámaras de vídeo o las tablas de surf, un puñetero barco de 37 pies de eslora con el que ir a coger olas a dónde no se puede llegar entrando por la costa. La narrativa, al igual que en la primera está completamente deslabazada, pero es a través de esa idea de grabarse a ellos mismos ideando todos esos artefactos, grabando los lugares y los tubos para despues compartirlos, que se manifiesta una especie de verité mucho menos pensado que el francés, y que la hace totalmente precursora de los modernos vídeos de surf y skate.

Esta fue una película que tuvo bastante éxito en su estreno en Australia y Cannes, pero hay dos hechos en torno a ella que brillan particularmente. El primero es que rompió récords manteniéndose más de seis meses en taquilla en el West End de Londres en un programa doble compartido, nada más y nada menos que con “Planeta Salvaje” de René Laloux. El segundo, que su parte más famosa, el tramo final, es un montaje a cámara lenta de grabaciones del interior del tubo de las olas editado junto con la música de “Echoes” de Pink Floyd. Para realizar esta parte los propios Pink Floyd cedieron la música a cambio de poder utilizar esas imágenes para sus directos de la época.

Mar y montaña, los conquistadores de lo inútil.

Como decíamos antes, hay elementos que son transversales a cierto tipo de pandas. Y de épocas, claro. Lo más bonito de una disciplina es cuando en ella se puede olisquear el espíritu de su tiempo y, si el surf era terreno abonado para la búsqueda de la libertad, del límite interno de la diversión neta, de igual modo lo era la montaña. Por lo que no resulta sorprendente que, en 1968, un pionero de Yosemite y también surfista, Yvon Chouinard, decidiera irse a Patagonia con su amigo Douglas Tompkins rodando otra estupenda pseudo road movie, “Mountain of storms”. A diferencia del anonimato de Greenough, Chouinard y Tompkins hoy son los propietarios de Patagonia y North Face, marcas líderes en el sector.

El objetivo, de nuevo, era escalar paredes que apenas hubieran sido tocadas por la mano humana. Quizá no fueran las más difíciles, ni las más expuestas, pero la obra estaba en el proceso, la verdadera cima pertenecía a una montaña imaginaria. ¿Por qué subirla? por hacerlo. Por supuesto, y sobre todo por ser ambos dos de los popes empresariales en los deportes al aire libre y pregoneros de este estilo de vida, esta aventura hoy día es materia de leyenda, hasta el punto de contar con un moderno documental que la reinterpreta, 180º South.

inner lost

Chouinard es una figura líder que daría para mucho texto, y mucha discusión de bar. Pero no creo que sorprenda que su empresa sea la que, casi 50 años después de la grabación original, haya promovido la proyección del minutaje perdido y nunca visto de la original The innermost limits of pure fun, insuflando nueva vida a la original.

Siempre fueron compañeros de viaje, el círculo no se cierra, lleva cerrándose y abriéndose insistentemente desde entonces, merced a las mareas y el gradiente gravitatorio de las tendencias culturales.

Escurridizo atún

Aún después de todo lo dicho, da la sensación de que durante los últimos 10 o 15 años, aún con la ya más que citada retromanía y la proliferación de los buscadores de manuscritos encontrados y arcanos culturales sagrados, George Greenough y estas dos películas se han escapado al radar colectivo, siendo ignoradas casi por completo. No hay artículos ni entradas en las bases de datos de cine y escasas apariciones en revistas de surf, pero los pocos comentarios que hay sobre su persona siempre resaltan su talento, su admirable actitud y el valor de lo que aportó a su deporte además de a la construcción de todo tipo de objetos relacionados con el mismo. Desde luego Greenough no va a ser el que coja el teléfono para promocionarse a sí mismo y vivir de las rentas, es indudable que estará liado en algo más interesante. Lo cierto es que ambas películas se han mantenido legendarias dentro de su circuito estricto, el surfero, pero no deja de sorprender esta falta de información y reivindicación. Sólo quedan algunas fotos de él siempre descalzo, rodeado de herramientas, siempre con casas interesantes en entornos no urbanos, como una completamente oxidada que bien podría ser una villa colonial en Indonesia, o una misteriosa vivienda frente a la playa con forma de pirámide. Es la suya una figura increíblemente atractiva.

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Probablemente este misterio se desvele con la publicación de la serie Anthology Surf Archives de Mexican Summer, que este agosto reeditó las bandas sonoras de Morning of the Earth y Crystal Voyager, pero lo dudamos lo suficiente como para pensar en escribir esa carta y echarla al correo ordinario.

Independientemente de los vaivenes de la Sra. Cultura Popular, que antes o después se dará el paseito pertinente por estos lares -y por todos los demás, es la verdadera globetrotter-, dejando su reguero de productos, camisetas y videoclips, estas pelis, estas gentes y sus ideas nos remiten a lo más importante de todo, que son los modos de vida influyentes. Asumiendo tranquilos que estamos lejísimos de los años sesenta, lo más sensato parece dejarse influir panchamente por estas maneras de enfrentarse a la disciplina que pueden extenderse durante toda una vida, y cuyo influjo sigue teniendo la fuerza de arrastre de una ola noratlántica, y el frescor de sus 19º en agosto.

George Greenough: You might be in there for only a few seconds—in real time—but in your head it goes on for hours. It is an experience that’s hard to describe, riding inside of a big, grinding wave. Often you’re riding so deep inside the tube, you don’t make it out. You take a terrible wipe out. What matters is when you’re in there, it’s the time interval when you’re inside the wave. Time enters space, a zone of its own. The only reality is what’s happening right then.

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